por estas venas?”. Levantó los brazos. “¿Es de extrañar que fuéramos una raza conquistadora; que estuviéramos orgullosos; que cuando el magiar, el lombardo, el ávaro, el búlgaro o el turco vertieron sus millares en nuestras fronteras, los rechazáramos? ¿Es extraño que cuando Árpad y sus legiones barrieron la patria húngara nos encontraran aquí al llegar a la frontera; que allí se completara el Honfoglalás? Y cuando la marea húngara barrió hacia el este, los sículaos fuimos reivindicados como parientes por los victoriosos magiares, y a nosotros se nos confió durante siglos la guarda de la frontera de la tierra de los turcos; sí, y más que eso, la interminable tarea de la guardia fronteriza, porque, como dicen los turcos: ‘el agua duerme y el enemigo no descansa’. ¿Quién, con más alegría que nosotros en las Cuatro Naciones, recibió la ‘espada sangrienta’ o acudió con mayor presteza a su llamada guerrera bajo el estandarte del Rey? ¿Cuándo fue redimida aquella gran afrenta de mi nación, la afrenta de Kosovo, cuando las banderas del valaco y del magiar cayeron bajo el Creciente? ¿Quién fue, sino alguien de mi propia estirpe, quien, como voivoda, cruzó el Danubio y venció al turco en su propio terreno? ¡Este sí que era un auténtico Dracula! ¡Ay de nosotros cuando su propio y despreciable hermano, tras la caída de aquel, vendió a su pueblo al turco y atrajo sobre él la vergüenza de la esclavitud! ¿No fue acaso este mismo Dracula quien inspiró a otro de su estirpe que, en una época posterior, una y otra vez condujo sus tropas a través del gran río hacia la tierra de los turcos; quien, al ser rechazado, volvió una y otra vez, a pesar de tener que regresar solo del sangriento campo donde sus tropas estaban siendo masacradas, sabiendo que él solo podía triunfar en última instancia? Decían que solo
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III. Diario de Jonathan Harker
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