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XIX. Diario de Jonathan Harker

que esto surge del gran amor de mi marido y de los buenos, buenísimos deseos de esos otros hombres fuertes. Eso me ha hecho bien. Bueno, algún día Jonathan me lo contará todo; y para que jamás llegue a pensar ni por un momento que yo le oculté algo, sigo escribiendo mi diario como de costumbre. Así, si ha temido por mi confianza, se lo mostraré, con cada pensamiento de mi corazón consignado por escrito para que lo lean sus queridos ojos. Hoy me siento extrañamente triste y desanimada. Supongo que es la reacción al terrible entusiasmo. Anoche me fui a la cama cuando los hombres se hubieron marchado, simplemente porque me lo dijeron. No tenía sueño, y sí una sensación de ansiedad devoradora. Me quedé dándole vueltas a todo lo ocurrido desde que Jonathan vino a verme a Londres, y todo parece una horrible tragedia, con el destino presionando implacablemente hacia un fin predeterminado. Todo lo que uno hace parece, por muy correcto que sea, provocar aquello mismo que más se debe lamentar. Si no hubiera ido a Whitby, tal vez la pobre y querida Lucy estaría con nosotros ahora. No le había dado por visitar el camposanto hasta que yo llegué, y si no hubiera venido allí de día conmigo, no habría caminado allí sonámbula; y si no hubiera ido allí de noche y dormida, ese monstruo no la habría destruido como lo hizo. Oh, ¿por qué habré ido a Whitby? ¡Vaya, ya estoy llorando otra vez! Me pregunto qué me pasa hoy. Debo ocultárselo a Jonathan, pues si supiera que he llorado dos veces en una misma mañana⁠—yo, que jamás lloré por mi propia causa, y a quien él nunca ha hecho derramar una lágrima⁠—, el querido muchacho se consumiría de angustia. Pondré buena cara, y aunque me sienta con ganas de llorar, él jamás lo notará. Supongo

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