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VII. Recorte de The Dailygraph

En la cumbre del Acantilado Este, el nuevo reflector estaba listo para ser probado, pero aún no había sido puesto en funcionamiento. Los oficiales a cargo lo pusieron a punto y, entre las pausas de la neblina que se precipitaba, barrían con él la superficie del mar. Una o dos veces su servicio resultó de lo más eficaz, como cuando un bote de pesca, con la borda bajo el agua, se precipitó hacia el puerto, capaz, gracias a la guía de la luz protectora, de evitar el peligro de estrellarse contra los espigones. A medida que cada bote alcanzaba la seguridad del puerto, se oía un grito de júbilo de la multitud en la orilla, un grito que por un momento parecía rasgar el vendaval y luego era arrastrado por su ímpetu.

No pasó mucho tiempo antes de que el reflector descubriera a cierta distancia una goleta con todo el trapo desplegado, al parecer la misma embarcación que se había visto más temprano esa misma noche. Por entonces el viento había rolado hacia el este, y un estremecimiento recorrió a los observadores en el acantilado al percatarse del terrible peligro en el que ahora se encontraba. Entre ella y el puerto yacía el gran arrecife plano en el que tantos buenos barcos han naufragado de vez en cuando, y, con el viento soplando desde su rumbo actual, le sería totalmente imposible enfocar la entrada del puerto. Era casi la hora de la marea alta, pero las olas eran tan grandes que en sus senos los bajíos de la costa eran casi visibles, y la goleta, con todas las velas desplegadas, avanzaba a tal velocidad que, en palabras de un viejo lobo de mar, «tendría que parar en alguna parte, aunque solo fuera en el infierno».

Luego vino otra racha de niebla marina, mayor que ninguna de las anteriores⁠—una masa de neblina húmeda que parecía cerrarse sobre todas las cosas como un sudario gris, y dejó a los hombres solo el órgano del oído, pues el rugido de la tempestad, el estruendo del trueno y el retumbo de las poderosas olas atravesaban el húmedo olvido aún más fuerte que antes. Los rayos del reflector se mantuvieron fijos en la boca del puerto, al otro lado del muelle Este, donde se esperaba el impacto, y los hombres esperaron sin aliento. El viento viró de repente hacia el

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