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XXVI

está oscuro. Oigo agua que chapotea, a mi altura, y cierto crujir de madera contra madera». Hizo una pausa, y el sol rojo se disparó hacia arriba. Debemos esperar hasta esta noche. Y así es como viajamos hacia Galatz en una agonía de expectación. Debemos llegar entre las dos y las tres de la madrugada; pero ya, en Bucarest, llevamos tres horas de retraso, por lo que nos es imposible llegar hasta bien entrada la mañana, pasada la salida del sol. Así pues, tendremos dos mensajes hipnóticos más de la señora Harker; cualquiera de los dos, o ambos, posiblemente arrojen más luz sobre lo que está ocurriendo. Más tarde. ⁠—La puesta del sol ha venido y se ha ido. Afortunadamente ocurrió en un momento en que no había distracciones; pues de haber sucedido mientras estábamos en una estación, podríamos no haber asegurado la calma y el aislamiento necesarios. La señora Harker cedió a la influencia hipnótica aún menos fácilmente que esta mañana. Temo que su facultad de leer las sensaciones del conde se apague justamente cuando más la necesitamos. Me parece que su imaginación está empezando a funcionar. Hasta ahora, mientras estaba en trance, se había limitado a los hechos más simples. Si esto continúa, podría acabar por desorientarnos. Si pensara que el poder del conde sobre ella se extinguiría al mismo tiempo que su facultad de conocimiento, sería un pensamiento feliz; pero temo que no sea así. Cuando habló, sus palabras fueron enigmáticas:⁠— «Algo está saliendo; puedo sentirlo pasar junto a mí como un viento frío. Oigo, a lo lejos, sonidos confusos⁠—como de hombres hablando en lenguas extrañas, agua que cae con furia y aullidos de lobos». Se detuvo y un estremecimiento la recorrió, aumentando de intensidad durante unos segundos, hasta que, al

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