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XVIII. Diario del Dr. Seward

deseos por la mañana; en ese momento estaba ocupado. El asistente añadió:⁠— «Parece muy insistente, señor. Nunca lo había visto tan impaciente. No sé si, de no verlo pronto, le dará uno de sus ataques violentos». Sabía que el hombre no habría dicho esto sin motivo, así que dije: «Muy bien; iré ahora»; y les pedí a los demás que me esperaran unos minutos, pues tenía que ir a ver a mi «paciente». «Lléveme con usted, amigo John», dijo el profesor. «Su caso en su diario me interesa mucho, y de vez en cuando tiene relación también con el nuestro. Me gustaría mucho verlo, y especialmente cuando su mente está alterada». «¿Puedo ir yo también?», preguntó lord Godalming. «¿Yo también?», dijo Quincey Morris. «¿Puedo ir?», dijo Harker. Asentí con la cabeza y todos bajamos juntos por el pasillo. Lo encontramos en un estado de considerable excitación, pero mucho más racional en su discurso y en sus modales de lo que jamás lo había visto. Había en él una comprensión inusual de sí mismo, que no se parecía a nada que hubiera encontrado antes en un lunático; y daba por sentado que sus razones prevalecerían plenamente ante personas cuerdas. Los cuatro entramos en la habitación, pero al principio ninguno de los otros dijo nada. Su petición era que lo liberara inmediatamente del manicomio y lo enviara a casa. Esto lo respaldó con argumentos acerca de su total recuperación y adujo su propia cordura actual. «Apelo a sus amigos», dijo; «tal vez no les importe juzgar mi caso. A propósito, no me han presentado». Estaba tan asombrado que la rareza de presentar a un loco en un manicomio no se me ocurrió en el momento; y, además, había cierta dignidad en los modales del hombre, tanto hábito de igualdad, que hice las presentaciones de inmediato: «Lord Godalming;

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