con la teoría. —Claro que sí. Si un hombre como usted, que conoce a los animales por experiencia, no puede arriesgar al menos una buena conjetura, ¿quién va a intentarlo? —Pues bien, señor, yo lo explico de esta manera: me parece que ese lobo se escapó... sencillamente porque quería salir. Por la sonora risa con que tanto Thomas como su esposa celebraron la broma, pude ver que ya la habían contado antes y que toda la explicación no era más que una tomadura de pelo en toda regla. No podía competir en bromas con el buen Thomas, pero pensé que conocía un camino más seguro hacia su corazón, así que dije: —Ahora, señor Bilder, consideremos ese medio soberano saldado, y este hermano suyo estará esperando a ser reclamado cuando me haya dicho qué cree que sucederá. —Así es, señor —dijo vivamente—. Sabrá disculparme por tomarle el pelo, pero la vieja de aquí me guiñó el ojo, lo que venía a ser como decirme que siguiera. —¡Vaya ocurrencia! —dijo la anciana. —Mi opinión es esta: ese lobo está escondido en alguna parte. El jardinero que no se acordaba decía que galopaba hacia el norte más rápido de lo que puede correr un caballo; pero no le creo, porque, ya ve, señor, los lobos no galopan más que los perros, pues no están hechos para eso. Los lobos son estupundos en los libros de cuentos, y supongo que cuando van en manada y se dedican a acosar a algo que tiene más miedo que ellos, pueden armar un
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El diario de Lucy Westenra
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