el cielo occidental, su trayectoria descendente estaba jalonada por miríadas de nubes de todos los colores del poniente —llama, púrpura, rosa, verde, violeta y todos los matices del oro—; con aquí y allá masas no grandes, pero de una negrura aparentemente absoluta, de todo tipo de formas, tan bien perfiladas como siluetas colosales. La experiencia no pasó inadvertida para los pintores y, sin duda, algunos de los bocetos del «Preludio de la gran tormenta» engalanarán las paredes de la R. A. y la R. I. el próximo mayo. Más de un capitán decidió allí mismo que su «cobble» o su «mule», como llaman a las distintas clases de embarcaciones, se quedaría en el puerto hasta que hubiera pasado la tormenta.
El viento amainó por completo durante la tarde, y a medianoche reinaba una calma chicha, un calor sofocante y esa intensidad agobiante que, ante la aproximación de una tormenta, afecta a las naturalezas sensibles. Había pocas luces a la vista en el mar, pues incluso los vapores de cabotaje, que suelen «abrazar» la costa tan de cerca, se mantenían mar adentro, y apenas se veían barcos de pesca. La única vela perceptible era una goleta extranjera con todo el aparejo desplegado, que al parecer se dirigía hacia el oeste. La temeridad o la ignorancia de sus oficiales fue un tema prolífico de comentarios mientras estuvo a la vista, y se hicieron esfuerzos para hacerle señales de que redujera el velamen ante el peligro que corría. Antes de que cayera la noche, se la vio con las velas ondeando perezosamente mientras se balanceaba con suavidad sobre el oleaje ondulante del mar: «Tan ociosa como un barco pintado sobre un océano pintado».
Poco antes de las diez, la quietud del aire se volvió bastante opresiva, y el silencio fue tan acusado que el balido de una oveja tierra adentro o el ladrido de un perro en el pueblo se oían con claridad, y la banda del muelle, con su alegre aire francés, resultaba como una disonancia en la gran armonía del silencio de la naturaleza. Un poco después de la medianoche provino un sonido extraño desde el mar, y muy por encima