y dejamos que vayamos juntos por este largo camino tirando del mismo carro?». > > Bueno, se le veía tan de buen humor y tan alegre que no parecía ni la mitad de difícil rechazarlo como al pobre Dr. Seward; así que le dije, tan a la ligera como pude, que no sabía nada de acoplarme, y que todavía no estaba domada para tirar de ningún carro. Entonces él replicó que había hablado a la ligera, y que esperaba que, de haber cometido un error al hacerlo en ocasión tan grave y trascendental para él, se lo perdonara. Se puso realmente serio al decirlo, y no pude evitar sentirme un poco seria yo también —sé, Mina, que me tomarás por una coqueta horrible—, aunque no pude evitar sentir una especie de euforia al ver que era el número dos en un solo día. Y entonces, querida, antes de que pudiera decir una palabra, empezó a verter un auténtico torrente de declaraciones de amor, poniendo su propio corazón y su alma a mis pies. Se le veía tan sincero con ello que jamás volveré a pensar que un hombre tiene que ser siempre juguetón, y nunca sincero, solo porque a veces esté alegre. Supongo que vio algo en mi rostro que lo frenó, pues se detuvo de repente, y dijo con una especie de fervor varonil por el que habría podido amarlo si hubiera estado libre: > > «Lucy, sé que eres una chica de corazón honesto. No estaría aquí hablándote como lo hago ahora si no creyera que eres de una pasta excelente, hasta lo más hondo de tu alma. Dime, de buen compañero a buen compañero, ¿hay alguien más a quien quieras? Y si lo hay, no volveré a molestarte ni un pelo, sino que seré, si me dejas, un amigo muy fiel». > > Mi querida Mina, ¿por qué los hombres son tan nobles
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V. 9 de mayo
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