que le interesará». Estos compañeros —y puso su mano sobre algunos de los libros— han sido buenos amigos para mí y, durante los últimos años, desde que tuve la idea de ir a Londres, me han proporcionado muchas, muchísimas horas de placer. A través de ellos he llegado a conocer su gran Inglaterra; y conocerla es amarla. Anhelo recorrer las calles abarrotadas de su poderoso Londres, estar en medio del torbellino y la prisa de la humanidad, compartir su vida, su cambio, su muerte y todo lo que hace que sea lo que es. Pero ¡ay!, por ahora solo conozco su lengua a través de los libros. En usted, amigo mío, confío para aprender a hablarla». > > «Pero, Conde —le dije—, ¡usted conoce y habla inglés a la perfección!». Él hizo una reverencia solemne. > > «Le agradezco, amigo mío, su opinión tan halagadora, pero aun así temo estar apenas dando los primeros pasos en el camino que desearía recorrer. Es verdad que conozco la gramática y las palabras, pero todavía no sé cómo hablaras». > > «En verdad —le dije—, usted habla de manera excelente». > > «No es así —respondió—. Bien sé que, si me moviera y hablara en su Londres, no habría nadie allí que no me reconociera como un extranjero. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy noble; soy boyardo; la gente del pueblo me conoce y soy el amo. Pero un extranjero en tierra extraña no es nadie; los hombres no lo conocen, y no conocer es no importar. Me conformo con ser como los demás, de modo que ningún hombre se detenga si me ve,
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Diario de Jonathan Harker
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