sobre los cuales basar una conjetura. —¿Me quiere decir, amigo John, que no tiene sospechas de lo que murió la pobre Lucy; no después de todas las pista dadas, no solo por los acontecimientos, sino por mí? —De agotamiento nervioso subsiguiente a una gran pérdida o derroche de sangre. —¿Y cómo se perdió o derrochó la sangre? Negué con la cabeza. Se acercó, se sentó a mi lado y continuó:— —Eres un hombre inteligente, amigo John; razonas bien y tu ingenio es audaz; pero estás demasiado predispuesto. No dejas que tus ojos vean ni tus oídos oigan, y aquello que está fuera de tu vida cotidiana no cuenta para ti. ¿No crees que hay cosas que no puedes entender, y que sin embargo existen; que algunas personas ven cosas que otras no pueden? Pero hay cosas viejas y nuevas que no deben ser contempladas por los ojos de los hombres, porque ellos saben —o creen saber— algunas cosas que otros hombres les han contado. ¡Ah, es el fallo de nuestra ciencia que quiere explicarlo todo!; y si no lo explica, entonces dice que no hay nada que explicar. Pero aun así vemos a nuestro alrededor todos los días el surgimiento de nuevas creencias, que se creen nuevas; y que sin embargo no son más que las viejas, que fingen ser jóvenes—como las elegantes damas en la ópera. Supongo que ahora no crees en la transferencia corpórea. ¿No? ¿Ni en la materialización? ¿No? ¿Ni en los cuerpos astrales? ¿No? ¿Ni en la lectura del pensamiento? ¿No? ¿Ni en el hipnotismo...? —Sí —dije—. Charcot ha demostrado bastante bien eso. Sonrió mientras continuaba: —Entonces estás satisfecho con eso. ¿Sí? Y, por supuesto, entonces entiendes cómo actúa, y puedes seguir la mente del gran Charcot—¡ay, que ya no está entre nosotros!— hasta el alma misma del paciente al que influye.
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XIV. Diario de Mina Harker
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