en un aplique de la pared y, saliendo, tomó mi equipaje; lo había cargado adentro antes de que pudiera adelantarme. Protesté, pero él insitió:— «No, señor, sois mi huésped. Es tarde y mi gente no está disponible. Dejad que me ocupe de vuestro bienestar yo mismo». Se empeñó en llevar mis bártulos por el pasillo, y luego por una gran escalera de caracol, y a lo largo de otro gran pasillo, en cuyo suelo de piedra resonaban pesadamente nuestros pasos. Al final de este abrió de par en par una pesada puerta, y me alegré de ver dentro una habitación bien iluminada, en la que había una mesa dispuesta para la cena y, en cuyo enorme hogar, un gran fuego de leña recién repuesta ardía con fuerza y resplandor. El conde se detuvo, dejó mis maletas, cerró la puerta y, cruzando la estancia, abrió otra puerta que conducía a una pequeña habitación octogonal iluminada por una sola lámpara y que al parecer no tenía ventana de ningún tipo. Al cruzarla, abrió otra puerta y me indicó que entrara. Era una visión reconfortante; pues allí había un gran dormitorio bien iluminado y calentado con otra hoguera de leña—también avivada hacía poco, pues los leños superiores eran frescos—, que enviaba un sordo rugido por la ancha chimenea. El conde dejó mi equipaje dentro y se retiró, diciendo antes de cerrar la puerta:— «Tras vuestro viaje, necesitaréis reponer fuerzas y asearos. Confío en que encontraréis todo lo que deseáis. Cuando estéis listo, pasad a la otra habitación, donde tendréis la cena preparada».
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Diario de Jonathan Harker
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