que la oficina. A él le preguntamos sobre los movimientos de la Czarina Catherine. Maldice mucho, tiene la cara roja y la voz fuerte, pero es un buen tipo a fin de cuentas; y cuando Quincey le da algo del bolsillo que cruje al enrollarlo y lo mete en una bolsita muy pequeña que lleva escondida en lo más hondo de sus ropas, se vuelve aún mejor tipo y humilde servidor nuestro. Él viene con nosotros y pregunta a muchos hombres que son rudos y de carácter ardiente; estos resultan ser mejores tipos también una vez que dejan de tener tanta sed. Hablan mucho de sangre y lozanía, y de otras cosas que no comprendo del todo, aunque adivino a qué se refieren; pero aun así nos cuentan todo lo que queremos saber. »Ellos nos dan a conocer, entre otras cosas, cómo ayer por la tarde, alrededor de las cinco, llega un hombre con mucha prisa. Un hombre alto, delgado y pálido, con la nariz aguileña y dientes muy blancos, y ojos que parecían arder. Que iba todo de vestido de negro, salvo que llevaba un sombrero de paja que no le pegaba ni a él ni a la ocasión. Que iba esparciendo su dinero mientras hacía averiguaciones rápidas sobre qué barco zarpaba hacia el mar Negro y hacia dónde. Algunos lo llevaron a la oficina y luego al barco, donde él no quiso subir a bordo, sino que se detino en el extremo del muelle de la pasarela y pidió que el capitán fuera a verlo. El capitán acudió al decirle que le pagarían bien; y aunque al principio maldijo mucho, aceptó los términos. Entonces el hombre delgado se fue y alguien le indicó dónde se podía alquilar un carro y un caballo. Él fue allí y pronto regresó conduciendo él mismo un carro sobre el cual iba una gran caja; esta la bajó él mismo, aunque se necesitaron varios para subirla a la plataforma del barco. Le dio mucha charla al capitán sobre cómo y dónde
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