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XIX. Diario de Jonathan Harker

la mesa había varias roturas similares en el manto de polvo, iguales a la que quedó al descubierto cuando el profesor las levantó. Se volvió hacia mí y dijo:⁠— «Tú conoces este lugar, Jonathan. Has copiado planos de él y lo conoces al menos más que nosotros. ¿Cuál es el camino hacia la capilla?». Tenía una idea de su dirección, aunque en mi anterior visita no había podido conseguir acceso a ella; así que abrí camino y, tras unos cuantos desvíos equivocados, me encontré frente a una puerta baja de roble, en arco, reforzada con bandas de hierro. «Este es el lugar», dijo el profesor mientras enfocaba con su lámpara un pequeño plano de la casa, copiado del archivo de mi correspondencia original sobre la compra. Con un poco de esfuerzo encontramos la llave en el manojo y abrimos la puerta. Estábamos preparados para algún desagrado, pues al abrir la puerta un aire tenue y maloliente pareció exhalar a través de las rendijas, pero ninguno de nosotros llegó a esperarse un hedor semejante al que encontramos. Ninguno de los demás se había cruzado con el Conde a corta distancia, y cuando yo lo había visto, o bien estaba en la etapa de ayuno de su existencia en sus habitaciones, o bien, cuando estaba harto de sangre fresca, en un edificio en ruinas abierto al aire; pero aquí el lugar era pequeño y cerrado, y el desuso prolongado había hecho que el aire se estancara y pudriera. Había un olor a tierra, como de algún miasma seco, que emergía a través del aire más fétido. Pero en cuanto al hedor en sí, ¿cómo describirlo? No era solo que estuviera compuesto por todos los males de la mortalidad junto con el olor acre y punzante de la sangre, sino que parecía como si la propia putrefacción se hubiera corrompido. ¡Puaj! Me da náuseas solo de pensarlo. Cada aliento exhalado por aquel monstruo parecía

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