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XIX. Diario de Jonathan Harker

el bolsillo una vez hecho. «Hasta ahora —dijo—, nuestra noche ha sido eminentemente exitosa. Ningún daño nos ha ocurrido de los que yo temía y, sin embargo, hemos averiguado cuántas cajas faltan. Más que nada me alegra que este, nuestro primer paso —y quizás el más difícil y peligroso—, se haya cumplido sin llevar allí a nuestra dulcísima señora Mina, ni turbar sus pensamientos de vigilia o de sueño con visiones, sonidos y olores de horror que tal vez nunca olvide. Una lección también hemos aprendido, si es lícito argumentar a particulari: que las bestias brutas que están a las órdenes del Conde, sin embargo, no se someten a su poder espiritual; pues mirad, estas ratas que acudirían a su llamada, tal como desde lo alto de su castillo convoca a los lobos a vuestro paso y ante el grito de aquella pobre madre, aunque acuden a él, huyen despavoridas de los perritos de mi amigo Arthur. Tenemos otros asuntos por delante, otros peligros, otros temores; y ese monstruo... no ha usado su poder sobre el mundo animal por única o última vez esta noche. ¡Sea pues! Se ha ido a otra parte. ¡Bien! Nos ha dado la oportunidad de cantar "jaque" de algunas maneras en este juego de ajedrez, que jugamos apostándonos almas humanas. Y ahora vayamos a casa. El amanecer está cerca y tenemos motivos para estar satisfechos con el trabajo de nuestra primera noche. Puede estar decretado que nos aguarden muchas noches y días por delante, aunque estén llenos de peligro; pero debemos seguir adelante, y ante ningún peligro vacilaremos». La casa estaba en silencio cuando regresamos, salvo por algún infeliz que gritaba en uno de los pabellones lejanos y un débil sonido de gemidos proveniente de la habitación de Renfield. El pobre desgraciado sin duda se estaba atormentando a sí mismo, a

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