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VI. Diario de Mina Murray

y todos se echaron a reír. «¡Y voto al cielo! ¿Cómo iban a estar de otro modo? Mire esa, la última detrás del banco de los féretros: ¡léala!». Me acerqué y leí:⁠— «Edward Spencelagh, capitán de marina, asesinado por piratas frente a la costa de Andrés, abril de 1854, 30 años». Cuando regresé, el señor Swales prosiguió:⁠— «¿Quién lo trajo a casa, me pregunto, para enterrarlo aquí? ¡Asesinado frente a la costa de Andrés! ¿Y usted se figuraba que su cuerpo yacía debajo? Pues podría nombrarle a una docena cuyos huesos yacen en los mares de Groenlandia más arriba» —señaló hacia el norte— «o por donde las corrientes los hayan arrastrado. Ahí tiene las lápidas a su alrededor. Usted puede, con sus ojos jóvenes, leer desde aquí la letra pequeña de las mentiras. Este Braithwaite Lowrey —conocí a su padre, perdido en el Lively frente a Groenlandia en el 20—, o Andrew Woodhouse, ahogado en esos mismos mares en 1777; o John Paxton, ahogado frente al cabo Farewell un año después; o el viejo John Rawlings, cuyo abuelo navegó conmigo, ahogado en el golfo de Finlandia en el 50. ¿Cree usted que todos estos hombres tendrán que correr hacia Whitby cuando suene la trompeta? ¡Tengo mis dudas al respecto! Le digo que, cuando llegaran aquí, se estorbarían y se empujarían de tal manera que aquello parecería una pelea sobre el hielo en los viejos tiempos, cuando nos batíamos del amanecer al anochecer e intentábamos vendarnos los cortes a la luz de la aurora boreal». Esto era evidentemente una broma local, pues el anciano soltó una risita burlona y sus compinches se sumaron con entusiasmo. «Pero —le dije—, seguro que no está del todo en lo cierto, pues parte de la suposición de que todas las pobres personas, o sus espíritus, tendrán que llevarse sus lápidas el Día del

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