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XVII. Diario del Dr. Seward

una intromisión por mi parte, y que si alguna vez piensa en ello más adelante, nunca llegue a albergar tal pensamiento. En eso me equivoco; sé que nunca lo hará: es un caballero demasiado íntegro. Le dije, pues podía ver que se le rompía el corazón:⁠— «Quería mucho a Lucy, y sé lo que ella era para usted, y lo que usted era para ella. Ella y yo éramos como hermanas; y ahora que se ha ido, ¿no me dejará ser como una hermana para usted en su pena? Sé las penas que ha tenido, aunque no puedo medir la profundidad de ellas. Si la simpatía y la piedad pueden ayudar en su aflicción, ¿no me dejará serle de alguna pequeña ayuda, por el bien de Lucy?». En un instante, el pobre y querido muchacho se vio abrumado por el dolor. Me pareció que todo lo que había estado sufriendo en silencio últimamente encontraba una vía de escape de golpe. Se puso bastante histérico y, levantando las manos abiertas, juntó las palmas en una auténtica agonía de dolor. Se puso de pie y luego volvió a sentarse, y las lágrimas le llovieron por las mejillas. Sentí una piedad infinita por él y abrí los brazos sin pensar. Con un sollozo, apoyó la cabeza en mi hombro y lloró como un niño cansado, mientras temblaba de emoción. Las mujeres llevamos algo de madres dentro que nos hace elevarnos por encima de los asuntos menores cuando se invoca el espíritu materno; sentí la cabeza de este hombre grande y apesadumbrado apoyada en mí, como si fuera la de la criatura que algún día quizás repose en mi pecho, y le acaricié el cabello como si fuera mi propio hijo. En ese momento no pensé en lo extraña que era toda la escena. Al poco rato cesaron sus sollozos y se irguió con una disculpa, aunque sin disimular su emoción. Me contó que durante días y noches pasadas —días agotadores y noches sin dormir— no había podido

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