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XXVI

⁠—Es pleno día. Ese buen hombre no quiso despertarme. Dice que habría sido un pecado hacerlo, pues dormía plácidamente y estaba olvidando mi pena. Me parece una actitud brutalmente egoísta haber dormido tanto y haberle dejado montar guardia toda la noche; pero tenía toda la razón. Soy un hombre nuevo esta mañana; y, mientras me siento aquí y le observo dormir, puedo hacer todo lo necesario tanto en lo que respecta a cuidar el motor, timonear y mantener la guardia. Siento que mi fuerza y mi energía regresan a mí. Me pregunto dónde estarán ahora Mina y Van Helsing. Deberían haber llegado a Veresti hacia el mediodía del miércoles. Les llevaría algún tiempo conseguir el carruaje y los caballos; así que, si hubieran partido y viajado duro, estarían más o menos ahora en el desfiladero de Borgo. ¡Dios los guíe y los ayude! Me temo pensar qué pueda suceder. ¡Si tan solo pudiéramos ir más rápido! Pero no podemos; los motores vibran y están dando lo máximo de sí. Me pregunto cómo les irá al doctor Seward y al señor Morris. Parece haber un sinfín de arroyos que bajan por las montañas hacia este río, pero como ninguno de ellos es muy grande⁠—al menos por ahora, aunque sin duda sean terribles en invierno y cuando la nieve se derretiría⁠—, es posible que los jinetes no hayan encontrado demasiados obstáculos. Espero que antes de llegar a Strasba podamos verlos; pues si para entonces no hemos alcanzado al Conde, tal vez sea necesario deliberar juntos sobre qué hacer a

Diario del Dr. Seward. 2 de noviembre. ⁠—Tres días en camino. No hay noticias, y tampoco tiempo para escribirlas de haberlas habido, pues cada momento es precioso. Solo hemos tomado el descanso necesario para los caballos; pero ambos lo estamos

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