sur. Había una cierta sensación de libertad en aquella vasta extensión, por inaccesible que me resultara, en comparación con la estrecha oscuridad del patio. Al contemplarla, sentí que estaba prisionero de verdad y pareció apetecerme una bocanada de aire fresco, aunque fuera nocturno. Empiezo a notar que esta existencia nocturna hace mella en mí. Me está destruyendo los nervios. Me sobresalto ante mi propia sombra y estoy lleno de toda clase de imaginaciones horribles. ¡Sabiendo Dios que hay motivos para mi terrible miedo en este maldito lugar! Miré hacia el hermoso paisaje, bañado por una suave luz de luna amarilla hasta el punto de parecer casi tan claro como el día. Bajo aquella luz suave, las colinas distantes se difuminaban y las sombras en los valles y desfiladeros adquirían una negrura aterciopelada. La mera belleza pareció animarme; había paz y consuelo en cada aliento que tomaba. Mientras me inclinaba por la ventana, algo que se movía un piso más abajo y ligeramente a mi izquierda llamó mi atención; allí, según deducía por la disposición de las estancias, debían de dar las ventanas de la habitación del propio conde. La ventana ante la que me encontraba era alta y profunda, con parteluces de piedra y, aunque desgastada por la intemperie, aún estaba entera; pero era evidente que hacía muchos días que no tenía cristales. Me retiré tras el mampuesto de piedra y miré con cautela hacia afuera. > > Lo que vi fue la cabeza del conde asomándose por la ventana. No le vi el rostro, pero reconocí al hombre por el cuello y por el movimiento de su espalda y de sus brazos. En cualquier caso, no podía equivocarme respecto a esas manos que había tenido tantas oportunidades de estudiar. Al principio sentí curiosidad y cierta diversión, pues es
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III. Diario de Jonathan Harker
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