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VI. Diario de Mina Murray

como sus moscas, y hoy le he dicho que debe deshacerse de ellas. Se mostró muy triste ante esto, así que le dije que debía librarse de algunas de ellas, al menos. Accedió alegremente a esto, y le concedí el mismo plazo que antes para la reducción. Me repugnó bastante estando con él, pues cuando una horrible mosca cárnica, hinchada con algún alimento carroñero, zumbó en la habitación, la atrapó, la sostuvo exultante unos instantes entre su dedo índice y su pulgar y, antes de que supiera lo que iba a hacer, se la metió en la boca y se la tragó. Lo regañé por ello, pero él argumentó con tranquilidad que era muy buena y muy sana; que era vida, vida intensa, y que le daba vida. Esto me dio una idea, o el rudimento de una. Debo vigilar cómo se deshace de sus arañas. Es evidente que tiene algún profundo problema en la mente, pues guarda una pequeña libreta en la que siempre está anotando algo. Páginas enteras de ella están llenas de masas de cifras, por lo general números sueltos sumados en grupos, y luego los totales sumados en grupos otra vez, como si estuviera «cuadrando» alguna cuenta, tal como dicen los censores jurados de cuentas. 8 de julio. ⁠—Hay un método en su locura, y la idea rudimentaria en mi mente va creciendo. Pronto será una idea completa y entonces, ¡oh, cerebración inconsciente!, tendrás que ceder el paso a tu hermano consciente. Me alejé de mi amigo durante unos días para poder notar si había algún cambio. Las cosas siguen como estaban, salvo que se ha desprendido de algunas de sus mascotas y ha conseguido una nueva. Se ha apañado para conseguir un gorrión y ya lo ha domesticado parcialmente. Su método para domesticarlo es sencillo, pues las arañas ya han disminuido. Las que quedan, sin embargo, están bien alimentadas, ya que sigue trayendo las moscas tentándolas con su comida. 19 de julio.

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