»¿Qué nos dice esto? ¿Poco? ¡No! El pensamiento-niño del Conde no ve nada; por eso habla con tanta libertad. Su pensamiento-hombre no ve nada; mi pensamiento-hombre no ve nada, hasta ahora mismo. ¡No! Pero surge otra palabra de alguien que habla sin pensar porque ella tampoco sabe lo que significa—lo que podría significar. Del mismo modo que hay elementos que reposan, pero que cuando en el curso de la naturaleza avanzan y se tocan—¡entonces pouf! y surge un destello de luz, ancho como el cielo, que ciega, mata y destruye a algunos; pero que ilumina toda la tierra abajo por leguas y leguas. ¿No es así? Bien, se lo explicaré. Para empezar, ¿ha estudiado alguna vez la filosofía del crimen? «Sí» y «No». Usted, John, sí; porque es un estudio de la locura. Usted, no, señora Mina; porque el crimen no la toca—salvo una vez. Aun así, su mente funciona con rectitud y no argumenta a particulari ad universale . Hay esta peculiaridad en los criminales. Es tan constante, en todos los países y en todos los tiempos, que incluso la policía, que no sabe mucho de filosofía, llega a conocerla empíricamente, y es que... Eso es ser empírico. El criminal siempre obra en un solo crimen—ese es el verdadero criminal que parece predestinado al crimen, y que no quiere saber de ningún otro. Este criminal no tiene el cerebro de un hombre completo. Es listo, astuto y recursivo; pero no tiene la estatura humana en lo que respecta al cerebro. En gran medida tiene cerebro de niño. Pues bien, este criminal nuestro también está predestinado al crimen; él también tiene cerebro de niño, y es propio del niño hacer lo que ha hecho. El pajarillo, el pececillo, el animalillo no aprenden por principio, sino empíricamente; y cuando aprenden a actuar, les queda entonces una base desde la cual empezar a
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XXV. Diario del Dr. Seward
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