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XXV. Diario del Dr. Seward

»¿Qué nos dice esto? ¿Poco? ¡No! El pensamiento-niño del Conde no ve nada; por eso habla con tanta libertad. Su pensamiento-hombre no ve nada; mi pensamiento-hombre no ve nada, hasta ahora mismo. ¡No! Pero surge otra palabra de alguien que habla sin pensar porque ella tampoco sabe lo que significa⁠—lo que podría significar. Del mismo modo que hay elementos que reposan, pero que cuando en el curso de la naturaleza avanzan y se tocan⁠—¡entonces pouf! y surge un destello de luz, ancho como el cielo, que ciega, mata y destruye a algunos; pero que ilumina toda la tierra abajo por leguas y leguas. ¿No es así? Bien, se lo explicaré. Para empezar, ¿ha estudiado alguna vez la filosofía del crimen? «Sí» y «No». Usted, John, sí; porque es un estudio de la locura. Usted, no, señora Mina; porque el crimen no la toca⁠—salvo una vez. Aun así, su mente funciona con rectitud y no argumenta a particulari ad universale . Hay esta peculiaridad en los criminales. Es tan constante, en todos los países y en todos los tiempos, que incluso la policía, que no sabe mucho de filosofía, llega a conocerla empíricamente, y es que... Eso es ser empírico. El criminal siempre obra en un solo crimen⁠—ese es el verdadero criminal que parece predestinado al crimen, y que no quiere saber de ningún otro. Este criminal no tiene el cerebro de un hombre completo. Es listo, astuto y recursivo; pero no tiene la estatura humana en lo que respecta al cerebro. En gran medida tiene cerebro de niño. Pues bien, este criminal nuestro también está predestinado al crimen; él también tiene cerebro de niño, y es propio del niño hacer lo que ha hecho. El pajarillo, el pececillo, el animalillo no aprenden por principio, sino empíricamente; y cuando aprenden a actuar, les queda entonces una base desde la cual empezar a

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