vivacidad; así que, en lo que a todos ellos respecta, tengo la mente tranquila. En cuanto a mí, me estaba instalando en mi trabajo con el entusiasmo que solía tener por él, de modo que bien podría haber dicho que la herida que la pobre Lucy me dejó se estaba cicatrizando. Sin embargo, todo se ha reabierto ahora; y cuál ha de ser el final, Dios solo lo sabe. Tengo la idea de que Van Helsing cree saberlo también, pero solo soltará lo justó para attizar la curiosidad. Ayer fue a Exeter y se quedó allí toda la noche. Hoy regresó, entró casi de un salto en la habitación alrededor de las cinco y media y me encasquetó en la mano el Westminster Gazette de anoche. —¿Qué le parece esto? —preguntó mientras retrocedía y cruzaba los brazos. Eché un vistazo al periódico, pues la verdad no sabía a qué se refería; pero me lo quitó y señaló un párrafo sobre niños que habían sido atraídos con engaños en Hampstead. No me dijo gran cosa, hasta que llegué a un pasaje que describía pequeñas heridas punzantes en sus gargantas. Una idea me asaltó y levanté la vista. —¿Y bien? —dijo. —Es como la de la pobre Lucy. —¿Y qué sacas en claro de ello? —Simplemente que hay alguna causa en común. Lo que sea que la hirió a ella los ha herido a ellos. No entendí del todo su respuesta:— —Eso es verdad indirectamente, pero no directamente. —¿Cómo quiere decir, profesor? —le pregunté. Estaba un poco inclinado a tomar su seriedad a la ligera—pues, al fin y al cabo, cuatro días de descanso y de libertad de una ardiente y desgarradora ansiedad ayudan a recuperarle el ánimo a uno—, pero cuando vi su rostro, me aquietó. Jamás, ni siquiera en medio de nuestra desesperación por la pobre Lucy, se le había visto más severo. —¡Dígamelo! —le dije—. No puedo aventurar ninguna opinión. No sé qué pensar y no tengo datos
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XIV. Diario de Mina Harker
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