como antes, con buen resultado. Su desvanecimiento se convirtió en un sueño profundo. El profesor vigilaba mientras yo bajaba con Quincey Morris y enviaba a una de las sirvientas a pagar a uno de los cocheros que esperaban. Dejé a Quincey recostado tras tomar una copa de vino y le pedí a la cocinera que preparara un buen desayuno. Entonces se me ocurrió algo y regresé a la habitación donde ahora estaba Lucy. Al entrar sigilosamente, encontré a Van Helsing con uno o dos papeles de notas en la mano. Evidentemente los había leído y meditaba sobre ellos mientras estaba sentado con la mano en la frente. Había en su rostro una expresión de sombría satisfacción, como la de alguien a quien se le ha resuelto una duda. Me entregó el papel diciendo tan solo: «Se le cayó del pecho a Lucy cuando la llevábamos a la bañera». En cuanto hube leído el escrito, me quedé mirando al profesor y, tras una pausa, le pregunté: «En nombre de Dios, ¿qué significa todo esto? ¿Estaba loca, o lo está, o qué clase de terrible peligro es este?». Estaba tan desconcertado que no sabía qué más decir. Van Helsing extendió la mano y tomó el papel, diciendo:— «No te preocupes por eso ahora. Ofréceselo al olvido por el momento. Lo sabrás y lo comprenderás todo a su debido tiempo; pero será más tarde. Y ahora, ¿qué venías a decirme?». Esto me devolvió a la realidad y volví a ser yo mismo. «He venido a hablar del certificado de defunción. Si no actuamos con sensatez y prudencia, puede haber una investigación oficial, y ese papel tendría que presentarse. Confío en que no necesitemos ninguna pesquisa, pues de haberla, sin duda acabaría con la pobre Lucy si es que no lo hace otra cosa. Yo sé, y tú sabes, y el otro médico que la atendió sabe, que la señora Westenra padecía una enfermedad cardíaca,
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XII. Diario del Dr. Seward
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