meramente espiritual. Recordad que tiene la fuerza de veinte hombres y que, aunque nuestros cuellos o nuestras tráqueas son comunes —y por tanto quebradizas o aplastables—, los suyos no se doblegan ante la mera fuerza. Un hombre más fuerte, o un grupo de hombres más fuertes en conjunto que él, pueden retenerle en ciertos momentos; pero no pueden dañarle del modo en que nosotros podemos ser dañados por él. Debemos, por tanto, protegernos de su toque. Guardad esto cerca del corazón» —mientras hablaba, levantó un pequeño crucifijo de plata y me lo tendió, ya que yo era el que estaba más cerca de él— «poneos estas flores alrededor del cuello» —aquí me entregó una guirnalda de flores de ajo marchitas— «para otros enemigos más mundanos, este revólver y este cuchillo; y como ayuda en todo, estas lámparas eléctricas tan pequeñas, que podéis sujetar a vuestro pecho; y para todo, y por encima de todo en el último momento, esto, que no debemos profanar sin necesidad». Se trataba de una porción de sagrada forma, que metió en un sobre y me entregó. Cada uno de los demás fue equipado de la misma manera. «Ahora —dijo—, amigo John, ¿dónde están las ganzúas? Si somos capaces de abrir la puerta, no necesitaremos entrar a la fuerza por la ventana, como hicimos antes en casa de la señorita Lucy». El Dr. Seward probó una o dos ganzúas; su destreza mecánica como cirujano le vino muy bien. Al poco rato encontró una adecuada; tras jugar un poco hacia adelante y hacia atrás, el pestillo cedió y, con un chasquido oxidado, retrocedió. Empujamos la puerta, las bisagras oxidadas chirriaron y se abrió lentamente. Era alarmantemente parecida a la imagen transmitida en el diario del Dr. Seward sobre la apertura de la tumba de
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XIX. Diario de Jonathan Harker
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