esta casa tan cercana, y como mi amigo Quincey lo vio en la ventana de la señorita Lucy. Puede venir envuelto en una niebla que él mismo crea—el capitán de aquel noble barco dio prueba de ello—; pero, por lo que sabemos, la distancia a la que puede generar esta niebla es limitada, y solo puede rodearlo a él. Se desplaza sobre los rayos de la luz de la luna en forma de polvo elemental—como volvieron a ver Jonathan aquellas hermanas en el castillo de Drácula. Se vuelve tan pequeño—nosotros mismos vimos a la señorita Lucy, antes de hallar la paz, deslizarse a través de un espacio del grosor de un cabello en la puerta de la tumba. Puede, una vez que encuentra el camino, salir de cualquier sitio o entrar en cualquier sitio, sin importar cuán herméticamente esté cerrado o incluso fundido con fuego—soldadura lo llamáis vosotros. Puede ver en la oscuridad—no es poca facultad esta en un mundo que tiene la mitad de sus puertas cerradas a la luz. »Ah, pero escuchadme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, mas no es libre. No; es incluso más prisionero que el esclavo de la galera, que el demente en su celda. No puede ir a donde le plazca; él, que no es de la naturaleza, tiene sin embargo que obedecer algunas de las leyes de la naturaleza—por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ninguna parte al principio a menos que haya alguien de la casa que lo invite a pasar; aunque después puede entrar como le plazca. Su poder cesa, como el de todas las cosas malignas, a la llegada del día. Solo en determinados momentos puede disfrutar de una libertad limitada. Si no se encuentra en el lugar hacia el que se dirige, solo puede transformarse al mediodía o exactamente a la salida o la puesta del sol. Estas cosas nos son contadas, y en este registro nuestro tenemos pruebas por deducción. Así pues,
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XVIII. Diario del Dr. Seward
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