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XVIII. Diario del Dr. Seward

esta casa tan cercana, y como mi amigo Quincey lo vio en la ventana de la señorita Lucy. Puede venir envuelto en una niebla que él mismo crea⁠—el capitán de aquel noble barco dio prueba de ello⁠—; pero, por lo que sabemos, la distancia a la que puede generar esta niebla es limitada, y solo puede rodearlo a él. Se desplaza sobre los rayos de la luz de la luna en forma de polvo elemental⁠—como volvieron a ver Jonathan aquellas hermanas en el castillo de Drácula. Se vuelve tan pequeño⁠—nosotros mismos vimos a la señorita Lucy, antes de hallar la paz, deslizarse a través de un espacio del grosor de un cabello en la puerta de la tumba. Puede, una vez que encuentra el camino, salir de cualquier sitio o entrar en cualquier sitio, sin importar cuán herméticamente esté cerrado o incluso fundido con fuego⁠—soldadura lo llamáis vosotros. Puede ver en la oscuridad⁠—no es poca facultad esta en un mundo que tiene la mitad de sus puertas cerradas a la luz. »Ah, pero escuchadme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, mas no es libre. No; es incluso más prisionero que el esclavo de la galera, que el demente en su celda. No puede ir a donde le plazca; él, que no es de la naturaleza, tiene sin embargo que obedecer algunas de las leyes de la naturaleza⁠—por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ninguna parte al principio a menos que haya alguien de la casa que lo invite a pasar; aunque después puede entrar como le plazca. Su poder cesa, como el de todas las cosas malignas, a la llegada del día. Solo en determinados momentos puede disfrutar de una libertad limitada. Si no se encuentra en el lugar hacia el que se dirige, solo puede transformarse al mediodía o exactamente a la salida o la puesta del sol. Estas cosas nos son contadas, y en este registro nuestro tenemos pruebas por deducción. Así pues,

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