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XVIII. Diario del Dr. Seward

su esposo, que es tan fino? ¿Y Arthur y mi amigo Quincey, están con usted también? ¡Bien!» Mientras conducía hacia la casa le conté lo que había pasado y cómo mi propio diario había resultado de cierta utilidad gracias a la sugerencia de la señora Harker; ante lo cual el Profesor me interrumpió:⁠— «¡Ah, esa maravillosa señora Mina! Tiene cerebro de hombre⁠—un cerebro que debiera tener un hombre si estuviese muy dotado⁠— y corazón de mujer. El buen Dios la moldeó con un propósito, créame, cuando hizo tan afortunada combinación. Amigo John, hasta ahora la fortuna ha hecho que esa mujer nos sea de ayuda; después de esta noche no debe tener nada que ver con este asunto tan terrible. No es bueno que corra un riesgo tan grande. Los hombres estamos decididos⁠—¿acaso no estamos empeñados en ello?⁠— a destruir a este monstruo, pero no es un papel para una mujer. Incluso si no sufre daño alguno, su corazón puede flaquear ante tantos y tan grandes horrores; y de aquí en adelante podría sufrir⁠—tanto en la vigilia, por sus nervios, como en el sueño, por sus pesadillas. Y, además, es una mujer joven y hace poco que se ha casado; puede haber otras cosas en qué pensar algún día, si no ahora. Me dice usted que ella lo ha escrito todo, entonces debe consultarlo con nosotros; pero mañana dirá adiós a este trabajo y nosotros iremos solos». Estuve totalmente de acuerdo con él, y luego le conté lo que habíamos descubierto en su ausencia: que la casa que Dracula había comprado era precisamente la situada al lado de la mía. Se quedó atónito y una gran preocupación pareció abatirse sobre él. «¡Ojalá lo hubiésemos sabido antes! —dijo—, pues entonces habríamos podido llegar a tiempo de salvar a la pobre Lucy. Sin embargo, "la leche derramada no sirve de nada cuando es recogida", como

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