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XVI. Diario del Dr. Seward

estábamos cansados; así que todos dormimos con mayor o menor grado de realidad en el sueño.

29 de septiembre, noche. —Un poco antes de las doce, los tres —Arthur, Quincey Morris y yo— pasamos a buscar al Profesor. Fue curioso notar que, por mutuo consentimiento, todos íbamos vestidos de negro. Por supuesto, Arthur vestía de negro por estar de riguroso luto, pero el resto de nosotros lo llevábamos por instinto. Llegamos al camposanto hacia la una y media y anduvimos paseando, manteniéndonos fuera de la vista de las autoridades, de modo que cuando los sepultureros terminaron su labor y el sacristán, creyendo que ya se había ido todo el mundo, hubo cerrado la verja, tuvimos el lugar para nosotros solos. Van Helsing, en lugar de su bolsita negra, llevaba una de cuero alargada, parecida a una bolsa de críquet; a todas luces tenía un peso considerable. > > Cuando nos quedamos a solas y oímos que se apagaban los últimos pasos en el camino, seguimos al Profesor en silencio, y como si obtuviéramos una orden previa, hacia la tumba. Él abrió la puerta con la llave y entramos, cerrándola tras nosotros. Luego sacó de su bolsa el farol, que encendió, y también dos velas de cera que, una vez encendidas, fijó fundiendo sus propios extremos sobre otros ataúdes, de modo que dieran suficiente luz para trabajar. Cuando levantó de nuevo la tapa del ataúd de Lucy, todos miramos —Arthur temblando como un álamo— y vimos que el cuerpo yacía allí con toda su belleza mortal. Pero en mi propio corazón no había amor, solo repugnancia hacia aquella abominable Cosa que había adoptado la forma de Lucy sin su alma. Pude ver cómo incluso el rostro de Arthur se endurecía mientras miraba. Al poco tiempo, le dijo

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