golpe con un estrépito y casi caímos de bruces en la estancia. El profesor cayó en realidad, y miré por encima de él mientras se incorporaba apoyándose en manos y rodillas. Lo que vi me horrorizó. Sentí que se me erizaban los pelos de la nuca y el corazón pareció detenérseme. > > La luz de la luna era tan brillante que, a través de la gruesa persiana amarilla, la habitación tenía suficiente claridad para ver. En la cama, junto a la ventana, yacía Jonathan Harker, con el rostro enrojecido y respirando pesadamente como en un estupor. Arrodillada en el borde cercano de la cama, mirando hacia afuera, estaba la figura vestida de blanco de su esposa. A su lado se encontraba un hombre alto y delgado, vestido de negro. Tenía el rostro vuelto de espaldas a nosotros, pero al instante lo vimos y todos reconocimos al conde, en todos los aspectos, incluso por la cicatriz en la frente. Con la mano izquierda sostenía ambas manos de la señora Harker, manteniéndolas alejadas con los brazos totalmente estirados; su mano derecha la agarraba por la nuca, obligándola a inclinar el rostro sobre su pecho. Su camisón blanco estaba manchado de sangre, y un hilo delgado escurría por el pecho desnudo del hombre, que quedaba al descubierto por su ropa desgarrada. La postura de ambos tenía un parecido terrible con la de un niño que fuerza el hocico de un gatito contra un platillo de leche para obligarle a beber. Al irrumpir en la habitación, el conde volvió el rostro, y la mirada infernal que había oído describir pareció saltar a él. Sus ojos ardían en rojo con pasión diabólica; las grandes fosas nasales de la blanca nariz aguileña se abrieron de par en par y temblaron en los bordes; y los dientes blancos y afilados, tras los carnosos labios de la boca goteante de sangre, castañetearon juntos como los de una bestia
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XXI. Diario del Dr. Seward
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