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XIII. El diario del Dr. Seward

Se fue al decir esto, dejándome con un nuevo misterio en el que pensar, un nuevo enigma con el que lidiar. La mañana fue un tiempo sombrío, pero al mediodía vino el procurador: el señor Marquand, de Wholeman, Hijos, Marquand & Lidderdale. Fue muy afable y muy agradecido por lo que habíamos hecho, y nos quitó de encima todas las preocupaciones respecto a los detalles. Durante el almuerzo nos dijo que la señora Westenra llevaba algún tiempo esperando una muerte súbita a causa de su corazón, y había dejado sus asuntos en orden absoluto; nos informó de que, a excepción de cierta propiedad vinculada del padre de Lucy que ahora, a falta de descendencia directa, volvía a una rama lejana de la familia, toda la hacienda, tanto inmuebles como bienes muebles, se le dejaba de manera absoluta a Arthur Holmwood. Cuando nos hubo contado tanto, continuó:⁠—

“Francamente, hicimos todo lo posible por evitar una disposición testamentaria de esa índole, y le señalamos ciertas eventualidades que podrían dejar a su hija sin un centavo o no tan libre como debiera para actuar en lo referente a una alianza matrimonial. De hecho, insistimos tanto en el asunto que casi entramos en conflicto, pues nos preguntó si estábamos o no dispuestos a cumplir sus deseos. Por supuesto, entonces no tuvimos más alternativa que aceptar. Teníamos razón en principio, y noventa y nueve veces de cada cien habríamos demostrado, por la lógica de los acontecimientos, la exactitud de nuestro criterio. Francamente, sin embargo, debo admitir que en este caso cualquier otra forma de disposición habría hecho imposible el cumplimiento de sus deseos. Pues al morir ella antes que su hija, esta habría entrado en posesión de la propiedad, y, aun cuando solo hubiera sobrevivido a su madre cinco minutos, sus bienes habrían sido considerados a su fallecimiento, en caso de no haber testamento —y un testamento era una

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