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XXIV

debía colocarse su caja; pero al capitán no le gustó y le maldijo en muchos idiomas, diciéndole que si quería podía ir a ver dónde iba a ser colocada. Pero él dijo que "no"; que aún no iba, porque tenía mucho que hacer. Ante lo cual el capitán le dijo que más le valía darse prisa —con sangre—, pues su barco dejaría el lugar —de sangre— antes de que cambiara la marea —con sangre—. Entonces el hombre delgado sonrió y dijo que por supuesto tenía que irse cuando lo creyera oportuno; pero que se sorprendería si se marchaba tan pronto. El capitán volvió a maldecir, en varios idiomas, y el hombre delgado le hizo una reverencia, le dio las gracias y dijo que abusaría tanto de su amabilidad como para subir a bordo antes del zarpe. Por último, el capitán, más rojo que nunca y en más idiomas, le dijo que no quería franceses —con lozanía en ellos y también con sangre— en su barco —con sangre en él también—. Y así, tras preguntar dónde podría haber cerca una tienda donde comprar formularios marítimos, se marchó. »Nadie supo a dónde fue, "ni les importaba un bledo", como dijeron, pues tenían otras cosas en qué pensar —bien con sangre de nuevo—; ya que pronto se hizo evidente para todos que la Czarina Catherine no zarparía como se esperaba. Una ligera niebla comenzó a ascender del río, y creció y creció; hasta que pronto una densa niebla envolvió el barco y todo a su alrededor. El capitán maldijo en varios idiomas —muy políglota—, un multilingüismo con lozanía y sangre; pero no pudo hacer nada. El agua subió y subió; y comenzó a temer que perdería la marea por completo. No estaba de muy buen humor cuando, justo con la marea alta, el hombre delgado volvió a subir por la pasarela y pidió ver dónde había sido estibada su caja. Entonces el capitán respondió que ojalá él y su caja

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