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Diario de Jonathan Harker

lord Godalming encendiéndose un puro. > > —El lugar huele rematadamente mal —dijo este último al entrar. > > Y olía mal de verdad —como la vieja capilla de Carfax— y, con nuestra experiencia previa, era evidente para nosotros que el conde había estado usando el lugar bastante a menudo. Nos dispusimos a explorar la casa, manteniéndonos todos juntos por si éramos atacados; pues sabíamos que teníamos que habérnoslas con un enemigo fuerte y astuto, y aún no sabíamos si el conde podría estar en la casa. En el comedor, situado al fondo del vestíbulo, encontramos ocho cajas de tierra. ¡Ocho cajas nada más de las nueve que buscábamos! Nuestra labor no había terminado, y nunca lo haría hasta que hubiéramos encontrado la caja desaparecida. Primero abrimos los contadores de la ventana que daba a un patio estrecho pavimentado de piedra, frente a la pared ciega de unas caballerizas, hechas para parecer la fachada de una casa en miniatura. No había ventanas en ella, así que no temíamos que nos vieran. No perdimos tiempo en examinar los arcones. Con las herramientas que habíamos traído con nosotros los abrimos, uno por uno, y los tratamos tal como habíamos tratado a los otros en la vieja capilla. Era evidente para nosotros que el conde no se encontraba en ese momento en la casa, y procedimos a buscar cualquiera de sus pertenencias. > > Tras un vistazo superficial al resto de las habitaciones, desde el sótano hasta el desván, llegamos a la conclusión de que el comedor contenía cualquier pertenencia que pudiera pertenecer al conde; y así procedimos a examinarlas minuciosamente. Yacían en una especie de ordenado desorden sobre la gran mesa del comedor. Había títulos de propiedad de la casa de Piccadilly en un

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