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XVI. Diario del Dr. Seward

«¿Qué es eso que está usando?». Esta vez la pregunta vino de parte de Van Helsing. El profesor se quitó el sombrero con reverencia al responder:⁠— «La Hostia. La traje de Ámsterdam. Tengo una Indulgencia». Era una respuesta que consternaba al más escéptico de nosotros, y sentimos individualmente que ante un propósito tan ferviente como el del profesor, un propósito que era capaz de utilizar de ese modo las cosas más sagradas para él, resultaba imposible desconfiar. En respetuoso silencio tomamos los puestos que nos asignaron muy cerca de la tumba, pero ocultos a la vista de cualquiera que se acercara. Me compadecía de los demás, especialmente de Arthur. Yo mismo me había curtido con mis visitas anteriores en la contemplación de este horror vigilante; y aun así, yo, que hasta una hora antes había repudiado las pruebas, sentía que el corazón se me encogía en el pecho. Nunca las tumbas parecieron tan cadavéricamente blancas; nunca el ciprés, el tejo o el enebro parecieron tan encarnación de la penumbra fúnebre; nunca un árbol o la hierba se agitaron o susurraron de forma tan ominosa; nunca una rama crujió tan misteriosamente; y nunca el aullido lejano de los perros proyectó un augurio tan lastimero a través de la noche. Hubo un largo período de silencio, un vacío grande y doloroso, y luego, de labios del profesor, un agudo «¡S-s-s-s!». Señaló; y allá a lo lejos, en la alameda de tejos, vimos avanzar una figura blanca —una pálida figura blanca que sostenía algo oscuro contra su pecho—. La figura se detuvo y, en ese mismo momento, un rayo de luna cayó sobre las masas de nubes amenazantes y mostró con pasmosa prominencia a una mujer de cabello oscuro, vestida con las mortajas de la tumba. No podíamos verle el rostro, porque lo llevaba inclinado sobre lo que vimos que era un niño rubio. Hubo una pausa y un pequeño y agudo grito, como el que da un niño en sueños, o un perro cuando yace frente al fuego y sueña. Íbamos a lanzarnos hacia adelante, pero la mano de advertencia del profesor, que pudimos ver mientras él permanecía de pie tras un tejo, nos detuvo; y

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