Diario de Jonathan Harker— continuación
5 de mayo. —Debo de haberme quedado dormido, pues de haber estado bien despierto sin duda habría notado la proximidad de un lugar tan notable. En la penumbra, el patio parecía de considerable tamaño y, como de él partían varios caminos oscuros bajo grandes arcos redondos, tal vez aparentaba ser más grande de lo que en realidad es. Todavía no he podido verlo a la luz del día. Cuando el calèche se detuvo, el cochero saltó y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Una vez más, no pude evitar notar su prodigiosa fuerza. Su mano parecía en verdad un tornillo de banco de acero que habría podido triturar la mía de habérselo propuesto. Luego sacó mis bártulos y los dejó en el suelo junto a mí, mientras yo permanecía cerca de una gran puerta, vieja y tachonada de grandes clavos de hierro, enmarcada en una portada saliente de piedra maciza. Pude ver, aun con la escasa luz, que la piedra estaba esculpida con relieves imponentes, pero que el tiempo y la intemperie los habían desgastado mucho. Mientras yo estaba allí, el cochero volvió a subirse a su asiento y sacudió las riendas; los caballos arrancaron, y el carruaje y todo lo demás desaparecieron por una de las aberturas oscuras. Me quedé en silencio en el mismo sitio, pues no sabía qué hacer. No había señal alguna de timbre o aldaba; era improbable que mi voz pudiera penetrar a través de