consciente y que nosotros veíamos rechinando los dientes —recordando de dónde y cómo había venido—; su bondad amorosa frente a nuestro sombrío odio; su tierna fe frente a todos nuestros temores y dudas; y nosotros, sabiendo que, en lo que a símbolos se refiere, ella, con toda su bondad, pureza y fe, estaba exiliada de Dios. — «Jonathan —dijo, y la palabra sonó como música en sus labios, tan llena de amor y ternura—, querido Jonathan, y vosotros, todos mis verdaderos, verdaderos amigos, quiero que tengáis algo presente durante todo este terrible tiempo. Sé que debéis luchar, que debéis destruir tal como destruisteis a la falsa Lucy para que la verdadera Lucy pudiera vivir en el futuro; pero no es una obra de odio. Esa pobre alma que ha urdido toda esta miseria es el caso más triste de todos. Pensad tan solo en cuál será su gozo cuando él también sea destruido en su peor parte para que su parte mejor pueda alcanzar la inmortalidad espiritual. Debéis compadecerle también a él, aunque eso no os detenga las manos para su destrucción». Mientras hablaba, pude ver cómo el rostro de su marido se oscurecía y se contraía, como si la pasión en su interior estuviera marchitando su ser hasta la médula. Por instinto, el apretón en la mano de su esposa se hizo más fuerte, hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Ella no se encogió ante el dolor que sabía que debía de estar sufriendo, sino que lo miró con unos ojos más suplicantes que nunca. Al dejar de hablar, él se puso de pie de un salto, casi arrancando su mano de la de ella mientras decía: — «¡Que Dios me lo entregue en las manos el tiempo justo para destruir esa vida terrenal suya que estamos persiguiendo! Si más allá de ella pudiera enviar su alma por los siglos de los siglos al infierno ardiente, ¡lo haría!». — «¡Oh, calla!
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XXIII. Diario del Dr. Seward
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