el hielo, pero ni siquiera se me ocurrió echarme atrás. Ocupamos de nuevo nuestros asientos, y el Dr. Van Helsing prosiguió con una especie de alegría que demostraba que el trabajo serio había comenzado. Debía tomarse con tanta gravedad y profesionalidad como cualquier otro asunto de la vida:— «Bien, ya sabéis contra qué tenemos que luchar; pero nosotros tampoco carecemos de fuerza. Tenemos de nuestra parte el poder de la combinación—un poder negado a la estirpe de los vampiros—; disponemos de los recursos de la ciencia; somos libres de actuar y pensar; y las horas del día y de la noche nos pertenecen por igual. De hecho, en la medida en que alcanzan nuestras facultades, estas no están encadenadas, y somos libres de utilizarlas. Nos anima la abnegación por una causa y un fin que lograr que no es egoísta. Estas cosas son mucho. »Ahora veamos hasta qué punto están restringidas las facultades generales desplegadas contra nosotros, y cómo el individuo no puede hacerlo todo. En fin, consideremos las limitaciones del vampiro en general, y de este en particular. »Todo en lo que podemos basarnos son tradiciones y supersticiones. Al principio esto no parece gran cosa cuando el asunto es de vida o muerte—es más, de algo que va más allá de la vida o la muerte. Sin embargo, debemos conformarnos; en primer lugar porque tenemos que hacerlo—no hay otro medio a nuestro alcance— y en segundo lugar porque, al fin y al cabo, estas cosas—la tradición y la superstición— lo son todo. ¿Acaso la creencia en los vampiros no descansa para los demás—aunque no, ¡ay!, para nosotros— en ellas? Hace un año, ¿cuál de nosotros habría aceptado semejante posibilidad en medio de nuestro siglo XIX científico, escéptico y realista? Incluso
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XVIII. Diario del Dr. Seward
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