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XVIII. Diario del Dr. Seward

hijos de la “tierra allende los bosques”. Ese cerebro poderoso y esa férrea resolución lo acompañaron a la tumba, y hoy mismo se alinean contra nosotros. Los Drácula eran, dice Arminius, una gran y noble estirpe, aunque de vez en cuando surgían vástagos de los que sus coetáneos creían que habían tenido tratos con el Maligno. Aprendieron sus secretos en la Escolomancia, entre las montañas sobre el lago Hermanstadt, donde el diablo reclama para sí al décimo discípulo. En los anales hay palabras como stregoica⁠—bruja, ordog y pokol⁠—Satanás e infierno; y en un manuscrito a este mismo Drácula se le llama wampyr, lo cual todos entendemos demasiado bien. Han salido de las entrañas de este mismo hombres grandes hombres y mujeres de bien, y sus tumbas consagran la tierra donde únicamente puede morar esta inmundicia. Pues no es el menor de sus terrores el que esta cosa maligna hunda sus raíces en todo lo bueno; en un suelo estéril en recuerdos sagrados no puede reposar». Mientras hablaban, el Sr. Morris estuvo mirando fijamente hacia la ventana, y ahora se levantó en silencio y salió de la habitación. Hubo una breve pausa, y luego el Profesor continuó:⁠— «Y ahora debemos decidir qué hacemos. Tenemos aquí muchos datos, y debemos proceder a trazar nuestra campaña. Sabemos por las pesquisas de Jonathan que desde el castillo hasta Whitby llegaron cincuenta cajas de tierra, las cuales fueron entregadas íntegramente en Carfax; también sabemos que al menos algunas de estas cajas han sido retiradas. Me parece que nuestro primer paso debería ser cerciorarnos de si el resto permanece en la casa que hay más allá de ese muro al que hoy hemos mirado, o si se han llevado alguna más. De ser esto último, debemos rastrear...» Llegados aquí fuimos interrumpidos de un modo de lo

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