mañana, bien temprano, una hora antes de que saliera el sol, un hombre subió a bordo con una orden escrita, que le habían mandado desde Inglaterra, para recibir un cajón marcado a nombre de un tal conde Drácula. Y vaya que el asunto se le presentó servido. Tenía sus papeles en regla, y qué contento estaba yo de librarme de esa maldita cosa, ¡pues yo mismo empezaba a sentirme intranquilo al respecto! Si el Diablo llevaba algún equipaje a bordo del barco, ¡pienso que no era otro sino ese mismo!». «¿Cuál era el nombre del hombre que se lo llevó?», preguntó el doctor Van Helsing con contenida impaciencia. «¡Se lo digo enseguida!», respondió y, bajando a su camarote, sacó un recibo firmado por «Immanuel Hildesheim». La dirección era Burgen-strasse 16. Descubrimos que esto era todo lo que sabía el capitán; así que, dándole las gracias, nos fuimos. Encontramos a Hildesheim en su oficina, un hebreo más bien del estilo del Teatro Adelphi, con nariz de oveja y fez. Sus argumentos venían puntuados con moneda metálica —nosotros haciéndole de puntuación— y, con un poco de regateo, nos contó lo que sabía. Esto resultó ser simple pero importante. Había recibido una carta de un tal señor de Ville, de Londres, indicándole que recibiera, de ser posible antes del amanecer para evitar la aduana, un cajón que llegaría a Galatz en el Czarina Catherine. Debía entregárselo a un tal Petrof Skinsky, que trataba con los eslovacos que comerciaban río abajo hasta el puerto. Había recibido el pago por su trabajo mediante un billete de banco inglés, que había sido debidamente cambiado por oro en el Banco Internacional del Danubio. Cuando Skinsky se había presentado ante él, lo había llevado al barco y le había entregado el cajón, para ahorrarse el coste del porte. Eso era todo lo que sabía. Buscamos entonces a Skinsky,
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