Se lo aseguré con tristeza, y pasé a sugerir —pues sentía que una duda tan horrible no debía seguir viva ni un solo momento más de lo que pudiera evitar— que a menudo sucedía que, después de la muerte, los rostros se suavizaban e incluso recuperaban su belleza juvenil; que esto ocurría especialmente cuando la muerte había estado precedida por algún sufrimiento agudo o prolongado. Pareció disipar por completo cualquier duda y, tras arrodillarse junto al lecho un rato y mirarla con amor y largamente, se apartó. Le dije que aquello tenía que ser el adiós, ya que había que preparar el ataúd; así que volvió, tomó su mano muerta entre las suyas y la besó, y se inclinó y besó su frente. Se marchó, mirándola con afecto por encima del hombro mientras avanzaba.
Lo dejé en el salón, y le dije a Van Helsing que se había despido; así