estuvimos satisfechos. Entonces, cuando la mesa estuvo despejada y hubo encendido su pipa, dijo: —Ahora, caballero, puede continuar y preguntarme lo que quiera. Sabrá disculpar que me niegue a hablar de asuntos profesionales antes de comer. A los lobos, los chacales y las hienas de toda nuestra sección les doy su té antes de empezar a hacerles preguntas. —¿Cómo que hacerles preguntas? —inquirí, con el deseo de ponerlo en un plano conversacional. —Darles con una pértiga en la cabeza es una forma; rascarles las orejas es otra, cuando los señoritos con dinero quieren fanfarronear ante sus novias. Lo primero no me importa tanto: lo de darles con una pértiga antes de echarles la cena; pero me espero a que hayan tomado su jerez y su café, por decirlo así, antes de probar con lo de rascarles las orejas. Fíjese —añadió filosóficamente—, hay mucho de la misma naturaleza en nosotros que en esos animales de ahí. Aquí está usted, que viene y me hace preguntas sobre mi trabajo, y yo tan arisco que, de no ser por su maldito medio soberano, le habría mandado a paseo antes de contestarle. Ni siquiera cuando me preguntó con sarcasmo si me gustaría que usted le pidiera al superintendente permiso para hacerme preguntas. ¿Acaso no le mandé a la mierda sin faltarle al respeto? —Así lo hizo. —Y cuando dijo que me iba a denunciar por usar lenguaje obsceno, eso fue darme con la pértiga en la cabeza; pero el medio soberano lo arregló todo. No tenía intención de pelear, así que esperé a la comida e hice con mi aullido lo
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El diario de Lucy Westenra
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