y fuimos temprano a nuestro viejo asiento, mientras el cortejo de botes subía por el río hasta el viaducto y volvía a bajar. Tuvimos una vista preciosa y vimos la procesión casi todo el trayecto. El pobre hombre fue sepultado muy cerca de nuestro asiento, de modo que nos subimos a él cuando llegó el momento y lo vimos todo. A la pobre Lucy se la veía muy alterada. Estuvo inquieta y desasosegada todo el tiempo, y no puedo evitar pensar que sus sueños nocturnos le están pasando factura. Hay algo en lo que está bastante extraña: no quiere admitir ante mí que haya ninguna causa para su inquietud; o si la hay, ella misma no la comprende. Hay una causa adicional: que el pobre y viejo señor Swales fue encontrado muerto esta mañana en nuestro asiento, con el cuello roto. Por lo que dijo el médico, evidentemente había caído hacia atrás en el asiento a causa de algún susto, pues tenía en el rostro una expresión de miedo y horror que, según los hombres, les hacía estremecer. ¡Pobre y querido viejo! ¡Tal vez vio a la Muerte con sus ojos moribundos! Lucy es tan dulce y sensible que percibe las influencias con más agudeza que los demás. Justo ahora se quedó muy alterada por una pequeñez a la que yo no presté mucha atención, aunque a mí misma me encantan los animales. Uno de los hombres que subía por aquí a menudo para buscar los barcos iba seguido de su perro. El perro va siempre con él. Ambos son callados, y nunca vi al hombre enojado ni oí ladrar al perro. Durante el oficio, el perro no quiso acercarse a su amo, que estaba en el banco con nosotros, sino que se mantuvo a unos metros de distancia, ladrando y aullando. Su amo le habló con suavidad, luego con dureza y después con enojo; pero el perro no quería ni acercarse ni dejar de hacer ruido. Estaba como enfururecido, con los
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VII. Recorte de The Dailygraph
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