¡El ataúd estaba vacío! Durante varios minutos nadie pronunció palabra. El silencio lo rompió Quincey Morris:— «Profesor, puse las manos en el fuego por usted. Su palabra es todo lo que necesito. No pediría tal cosa por lo general; no lo deshonraría hasta el punto de insinuar una duda; pero este es un misterio que va más allá de cualquier honor o deshonor. ¿Es obra suya?». «Os juro por todo lo que tengo por sagrado que no la he sacado ni la he tocado. Lo que ocurrió fue esto: hace dos noches mi amigo Seward y yo vinimos aquí —con un buen propósito, creedme—. Abrí ese ataúd, que entonces estaba sellado, y lo encontramos, como ahora, vacío. Luego esperamos y vimos algo blanco venir a través de los árboles. Al día siguiente vinimos aquí de día y ella yacía allí. ¿No fue así, amigo John?». «Sí». «Esa noche llegamos justo a tiempo. Faltaba un niño más, tan pequeño, y lo encontramos, gracias a Dios, sano y salvo entre las tumbas. Ayer vine aquí antes de la puesta del sol, porque a la puesta del sol los No-Muertos pueden moverse. Esperé aquí toda la noche hasta que salió el sol, pero no vi nada. Lo más probable es que fuera porque había colocado sobre los pestillos de esas puertas ajo, que los No-Muertos no pueden soportar, y otras cosas de las que huyen. Anoche no hubo éxodo, así que esta noche, antes de la puesta del sol, me llevé el ajo y las demás cosas. Y así es como encontramos este ataúd vacío. Pero tened paciencia conmigo. Hasta ahora hay mucho de extraño. Esperad conmigo afuera, sin ser vistos ni oídos, y cosas mucho más extrañas están por suceder». Así —aquí cerró la corredera oscura de su linterna—, «ahora hacia afuera». Abrió la puerta y salimos en fila; él fue el último y cerró la puerta con llave tras de sí.
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XVI. Diario del Dr. Seward
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