adoptaban nuevas formas al compás del sonido mientras bailaban a la luz de la luna. Sentí que luchaba por despertar ante algún llamado de mis instintos; es más, mi propia alma luchaba, y mis sensibilidades medio recordadas se esforzaban por responder al llamado. ¡Me estaba hipnotizando! Cada vez más rápido bailaban las motas de polvo; los rayos de la luna parecían estremecerse al pasar junto a mí hacia la masa de penumbra que se extendía más allá. Se juntaban cada vez más hasta que parecían adoptar vagas formas fantasmales. Y entonces me incorporé de golpe, bien despierto y en pleno uso de mis facultades, y huí gritando de aquel lugar. Las formas fantasmales, que iban cobrando materialidad gradualmente a partir de los rayos lunares, eran las de las tres mujeres fantasmas a las que estaba condenado. Huí, y me sentí algo más seguro en mi propia habitación, donde no había luz de luna y la lámpara brillaba con fuerza. Cuando pasaron un par de horas, escuché algo que se movía en la habitación del Conde, algo parecido a un gemido agudo que fue sofocado rápidamente; y luego hubo silencio, un silencio profundo y aterrador que me heló la sangre. Con el corazón latiéndome con fuerza, probé la puerta; pero estaba encerrado en mi prisión y no podía hacer nada. Me senté y me puse a llorar sin más. Mientras estaba sentado, escuché un ruido en el patio de abajo: el grito angustiado de una mujer. Corrí hacia la ventana y, abriéndola de par en par, ojeé entre los barrotes. Allí estaba, en efecto, una mujer con los cabellos desgreñados, llevándose las manos al corazón como alguien agotado de tanto correr. Estaba apoyada contra una esquina del portalón. Cuando vio mi rostro en la
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Diario de Jonathan Harker
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