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IX. Carta de Mina Harker a Lucy Westenra

y buena, y al día siguiente, al ver que estaba preocupada, volvió a sacar el tema y, tras decir que jamás podría mencionar lo que deliraba mi pobre querido, añadió: ‘Esto es cuanto puedo decirle, hija mía: no se trataba de nada malo hecho por él mismo; y usted, como su futura esposa, no tiene de qué preocuparse. No la ha olvidado a usted ni lo que le debe. Su miedo se debía a cosas grandes y terribles de las que ningún mortal puede hablar’. De verdad creo que la buena mujer pensó que yo podría estar celosa por si mi pobre querido se había enamorado de otra muchacha. ¡La idea de que yo pudiera estar celosa de Jonathan! Y aun así, querida mía, déjame que te lo susurre, sentí una punzada de alegría en el pecho al saber que ninguna otra mujer era la causa de su turbación. Ahora estoy sentada junto a su lecho, desde donde puedo ver su rostro mientras duerme. ¡Se está despertando! … > > “Cuando se despertó, me pidió su abrigo, pues quería sacar algo del bolsillo; le pregunté a la hermana Ágata y ella trajo todas sus cosas. Vi que entre ellas estaba su cuaderno de notas, y estuve a punto de pedirle que me dejara echarle un vistazo —pues sabía entonces que podría encontrar alguna pista sobre su problema—, pero supongo debió de ver mi deseo en mis ojos, pues me mandó hacia la ventana, diciendo que quería estar completamente a solas por un momento. Luego me llamó y, cuando me acerqué, tenía la mano sobre el cuaderno y me dijo muy solemnemente:— > > “ ‘Wilhelmina’ —supe entonces que hablaba totalmente en serio, pues nunca me ha llamado por ese nombre desde que me pidió que me casara con él—, ‘ya sabes, querida, lo que opino sobre la confianza entre marido y mujer: no

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