El Dr. Seward le preguntó al celador que estaba de guardia en el pasillo si había oído algo. Este respondió que había estado sentado —confesó que medio adormilado— cuando oyó voces altas en la habitación, y luego Renfield había gritado en voz alta varias veces: «¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!»; después de eso hubo un sonido de caída, y cuando entró en la habitación lo encontró tendido en el suelo, boca abajo, tal como lo habían visto los doctores. Van Helsing le preguntó si había oído «voces» o «una voz», y él contestó que no sabía decirlo; que al principio le había parecido que eran dos, pero como no había nadie en la habitación solo podía haber sido una. Podía jurarlo, si se lo requerían, que la palabra «Dios» fue pronunciada por el paciente. El Dr. Seward nos dijo, cuando estuvimos a solas, que no deseaba profundizar en el asunto; había que considerar la cuestión de una investigación judicial, y de ningún modo convendría exponer la verdad, ya que nadie la creería. Tal como estaban las cosas, pensaba que con el testimonio del celador podía extender un certificado de defunción por muerte accidental al caer de la cama. En caso de que el forense lo exigiera, habría una investigación formal, que necesariamente conduciría al mismo resultado. Cuando comenzó a discutirse la cuestión de cuál debía ser nuestro siguiente paso, lo primerísimo que decidimos fue que Mina estuviera al tanto de todo; que nada de ningún tipo —por muy doloroso que fuera— se le ocultara. Ella misma estuvo de acuerdo en cuanto a la sensatez de esto, y era lastimoso verla tan valiente y a la vez tan afligida, y en tal profundidad de desesperación. «No debe haber ocultamiento», dijo. «¡Ay! Ya hemos tenido demasiado. Y además no hay nada en todo el mundo que pueda
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Diario de Jonathan Harker
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