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Diario de Jonathan Harker

«Conque, amigo mío, ¿estás cansado? Vete a la cama. En ella se halla el descanso más seguro. Puede que esta noche no tenga el placer de charlar, ya que tengo muchas tareas; pero duerme, te lo ruego». Pasué a mi habitación y me metí en la cama y, por extraño que parezca, dormí sin soñar. La desesperación tiene su propia calma.

31 de mayo. ⁠—Esta mañana, al despertar, pensé en sacar algo de papel y sobres de mi maleta y llevarlos en el bolsillo para poder escribir en caso de que se me presentara la oportunidad, ¡pero de nuevo una sorpresa, de nuevo una conmoción!

Desaparecía hasta el último trozo de papel, y con él todas mis notas, mis apuntes sobre ferrocarriles y viajes, mi carta de crédito; de hecho, todo lo que pudiera serme útil una vez que estuviera fuera del castillo. Me senté y reflexioné un rato, y luego se me ocurrió algo: registré mi baúl y el armario donde había colocado mi ropa.

El traje con el que había viajado no estaba, como tampoco mi abrigo y mi manta de viaje; no pude encontrar rastro de ellos en ninguna parte. Esto parecía algún nuevo plan de villanía.⁠ ⁠…

17 de junio. —Esta mañana, mientras estaba sentado en el borde de la cama devanándome los sesos, oí afuera chasquidos de látigos, y el golpeteo y raspar de cascos de caballos por el sendero rocoso más allá del patio. Con alegría me apresuré hacia la ventana y vi entrar en el patio dos grandes leiter-wagons, cada uno tirado por ocho robustos caballos, y a la cabeza de cada pareja un eslovaco, con su sombrero de ala ancha, gran cinturón tachonado de

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