encontrarte semejante eutanasia, incluso en este momento si fuera lo mejor. ¡Es más, si fuera seguro! Pero hija mía...» Por un momento pareció ahogarse, y un gran sollozo se le formó en la garganta; se lo tragó y continuó:— «Aquí hay algunos que se interpondrán entre tú y la muerte. No debes morir. No debes morir por ninguna mano; pero menos que por ninguna, por la tuya. Hasta que el otro, que ha mancillado tu dulce vida, esté verdaderamente muerto, no debes morir; porque si él sigue aún entre los No-Muertos vivientes, tu muerte te haría igual a él. ¡No, debes vivir! Debes luchar y esforzarte por vivir, aunque la muerte parezca un favor inefable. ¡Debes luchar contra la Muerte misma, aunque venga a ti con dolor o con alegría; de día o de noche; en la seguridad o en el peligro! Te ordeno por tu alma viviente que no mueras —ni pienses siquiera en la muerte— hasta que este gran mal haya pasado». La pobre querida se puso pálida como la muerte, y se estremeció y tembló, como he visto temblar y estremecerse a las arenas movedizas con la crecida de la marea. Todos guardábamos silencio; no podíamos hacer nada. Al fin se calmó un poco y, volviéndose hacia él, le dijo con dulzura, ¡pero ay!, con tanta tristeza, mientras le tendía la mano:— «Te prometo, querido amigo, que si Dios me permite vivir, me esforzaré por hacerlo; hasta que, si es Su voluntad en el momento oportuno, este horror se haya alejado de mí». Era tan buena y valiente que todos sentimos que se nos fortalecía el corazón para trabajar y soportar por ella, y empezamos a discutir qué debíamos hacer. Le dije que iba a tener todos los documentos que estaban en la caja fuerte, y todos los papeles o diarios y fonogramas que en adelante
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Diario de Jonathan Harker
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