haber habido alguna alternativa, la habría tomado en vez de proseguir aquel viaje nocturno desconocido. El carruaje avanzaba a buen paso en línea recta, luego dimos un giro completo y recorrimos otro tramo recto. Me pareció que estábamos recorriendo una y otra vez el mismo terreno; y así me fijé en algún punto saliente y comprobé que era cierto. Me habría gustado preguntar al cochero qué significaba todo aquello, pero la verdad es que temía hacerlo, pues pensé que, tal como estaba yo situado, cualquier protesta no habría surtido efecto en caso de haber intención de demorar. Poco a poco, sin embargo, como tenía curiosidad por saber cómo transcurría el tiempo, encendí una anilla de cerilla y a su llama miré mi reloj; faltaban pocos minutos para la medianoche. Esto me produjo una especie de impacto, pues supongo que la superstición general sobre la medianoche se veía acrecentada por mis recientes experiencias. Esperé con una sensación enfermiza de suspense. > > Entonces un perro empezó a aullar en alguna parte, en un caserío muy abajo en el camino; un lamento largo y angustiado, como de miedo. El sonido fue recogido por otro perro, y luego por otro y otro, hasta que, transportado por el viento que ahora suspiraba suavemente a través del desfiladero, comenzó un aullido salvaje que parecía provenir de todas partes del país, hasta donde la imaginación alcanzaba a abarcar a través de la penumbra de la noche. Al primer aullido los caballos empezaron a tensarse y a encabritarse, pero el cochero les habló con suavidad y se calmaron, aunque tiritaban y sudaban como si vinieran de una huida despavorida. Luego, a lo lejos, en la distancia, desde las montañas a ambos lados de nuestro camino comenzó un aullido más fuerte y agudo
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I. Diario de Jonathan Harker
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