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nydus/Short FictionPublic
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Bon-Bon

—Eso ni viene a cuento ni deja de venirlo, Monsieur Bon-Bon —respondió su Majestad, pensativo—. He probado... es decir, he conocido algunas almas muy malas, y otras también... bastante buenas. Aquí se chupó los labios y, habiendo dejado caer inconscientemente la mano sobre el volumen que llevaba en el bolsillo, fue asaltado por un violento acceso de estornudos.

Continuó.

“Allí estaba el alma de Cratino —pasable: Aristófanes —picante: Platón —exquisito— no tu Platón, sino Platón el poeta cómico; tu Platón le habría revuelto el estómago a Cerbero —¡puaf! ¡A ver, entonces! Estaban Nevio, y Andrónico, y Plauto, y Terencio. Luego estaban Lucilio, y Catulo, y Nasón, y Quintus Flaccus —¡querido Quintito! como lo llamaba yo cuando cantó un seculare para mi diversión, mientras lo tostaba, de puro buen humor, en un tenedor. Pero les falta sabor, estos romanos. Un griego gordo vale por una docena de ellos, y además se conserva, cosa que no puede decirse de un quirite. Probemos tu Sauterne”.

Bon-Bon se había decidido ya por el nil admirari y se disponía a alcanzar las botellas en cuestión.

Notó, sin embargo, un extraño ruido en la habitación, semejante al movimiento de una cola. De esto, aunque sumamente indecoroso en su Majestad, el filósofo no hizo caso alguno, limitándose a darle una patada al perro y a pedirle que se callara.

El visitante continuó:

“Encontré que Horacio sabía mucho a Aristóteles;⁠—ya sabes que me gusta la variedad. A Terencio no habría sabido distinguirlo de Menandro. Nasón, para mi asombro, era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un fuerte regusto a Teócrito. Marcial me recordó mucho a Arquíloco⁠—y Tito Livio era positivamente Polibio y ningún otro”.

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