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nydus/Short FictionPublic
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Metzengerstein

influencia rival en los asuntos de un gobierno activo. Por otra parte, los vecinos cercanos rara vez son amigos; y los habitantes del castillo de Berlifitzing podían divisar, desde sus elevados contrafuertes, las mismísimas ventanas del palacio de Metzengerstein. Menos que nada tenía la magnificencia, más que feudal, así descubierta, la tendencia a calmar los sentimientos irritables de los menos antiguos y menos adinerados Berlifitzing. ¿Qué de extraño tenía, pues, que las palabras, por muy necias que fuesen, de aquella predicción, hubieran logrado enemistar y mantener en discordia a dos familias ya predisuestas a reñir por todos los estímulos de la celotipia hereditaria? La profecía parecía implicar —si es que implicaba algo— un triunfo definitivo por parte de la casa ya de por sí más poderosa; y, como era natural, era recordada con tanto mayor y más amargo rencor por la más débil y menos influyente.

Wilhelm, conde de Berlifitzing, aunque de elevada alcurnia, era, en la época de esta narración, un anciano endeble y chocho, que no destacaba por nada salvo por una desmedida e inveterada aversión personal hacia la familia de su rival, y por un amor tan apasionado por los caballos y la caza que ni la debilidad física, ni la avanzada edad, ni la incapacidad mental le impedían participar a diario en los peligros de la montería.

Frederick, barón de Metzengerstein, era, por otra parte, todavía menor de edad. Su padre, el ministro G⁠⸺, murió joven. Su madre, la dama María, le siguió poco después. Frederick contaba, por entonces, con quince años. En una ciudad, quince años no son un periodo largo —un niño puede ser aún un niño en su tercer lustro—; pero en un paraje desierto —en un paraje tan magníficamente desierto como aquel viejo principado—, quince años tienen un significado mucho más hondo.

Debido a algunas circunstancias peculiares que rodearon la administración de su padre, el joven barón, al fallecimiento de este, tomó posesión inmediata de sus vastos bienes.

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