La enorme y vieja casa, con sus incontables subdivisiones, tenía varias salas grandes comunicadas entre sí, donde dormía la mayor parte de los estudiantes.
Había, sin embargo (como forzosamente tenía que ocurrir en un edificio de planta tan incómoda), muchos pequeños rincones o recovecos, los restos y sobrantes de la estructura; y estos, con su ingenio económico, el doctor Bransby los había acondicionado también como dormitorios; si bien, al ser meros armarios, solo tenían capacidad para alojar a un único individuo.
Uno de estos pequeños aposentos estaba ocupado por Wilson.
Una noche, hacia el final de mi quinto año en la escuela, e inmediatamente después del altercado que acabo de mencionar, al ver que todos dormían profundamente, me levanté de la cama y, lámpara en mano, me deslicé a través de un laberinto de pasillos estrechos desde mi propio dormitorio hasta el de mi rival.
Llevaba tiempo tramando contra él una de esas bromas pesadas y de mal gusto en las que hasta entonces había fracasado de manera tan sistemática. Mi intención era, ahora, poner mi plan en marcha, y estaba decidido a hacerle sentir toda la maldad de la que estaba impregnado.
Habiendo llegado a su ropero, entré sin hacer ruido, dejando la lámpara, con una pantalla sobre ella, afuera. Avancé un paso y escuché el sonido de su respiración tranquila. Cerciorado de que estaba dormido, regresé, tomé la luz y con ella me acerqué de nuevo a la cama.
Unas cortinas cerradas la rodeaban, las cuales, en la ejecución de mi plan, descorrí lenta y silenciosamente, momento en el cual los brillantes rayos cayeron vivamente sobre el durmiente y mis ojos, al mismo tiempo, sobre su rostro.