Al aclarar el día, sin embargo, con más nitidez a medida que nos acercábamos a las afueras de la ciudad, mi atormentador, levantándose y arreglándose el cuello de la camisa, me dio las gracias de manera muy amistosa por mi amabilidad.
Al ver que yo permanecía inmóvil (tenía todos los miembros dislocados y la cabeza torcida hacia un lado), empezaron a inquietarse sus sospechas; y despertando al resto de los pasajeros, expresó, de un modo muy categórico, su opinión de que durante la noche nos habían metido de contrabando un muerto por un compañero de viaje vivo y solvente; propinándome en ese momento un puñetazo en el ojo derecho, a modo de demostración de la verdad de su conjetura.
A esto siguió que todos, uno tras otro (eran nueve en compañía), consideraron su deber tirarme de la oreja. Un joven médico en prácticas, además, habiéndome aplicado un espejo de bolsillo en la boca y hallándome sin aliento, la afirmación de mi